Arqueología de museos

29 abril 2012

Cuando en 1858 Mariette consiguió del virrey de Egipto la creación del Servicio de Antigüedades su intención era luchar contra el expolio de los monumentos del país y fomentar el estudio de los mismos. Metido de lleno en la tarea, no tardó en serle evidente la necesidad de contar con una sede donde exponer y guardar los objetos excavados y rescatados. Lo consiguió pocos años después. El primer museo egipcio se inauguró en Bulaq en 1863, cuando para este menester se dispuso un edificio perteneciente a la Administration du Transit, cedido quizá porque tenía tendencia a quedar inundado con la llegada de la crecida anual. A pesar de que una de ellas, la de 1878 en concreto, fue tan grave que supuso la destrucción de diversos objetos, el museo no cambio su sede hasta que físicamente fue imposible guardar en él más objetos, que esperaban pacientes en barcazas sobre el Nilo. Finalmente, en 1890 el khedibe Ismail cedió uno de sus palacios en Guiza para albergar las colecciones egipcias, las cuales no cesaban de incrementarse. Mientras tanto se abrió un concurso internacional para la construcción de una sede definitiva y espaciosa para el museo. De entre todos los presentados, el proyecto seleccionado como ganador fue el del arquitecto francés Marcel Dourgnon, que fue inaugurado en 1902.

La sede del Museo Egipcio de El Cairo es un edificio histórico por derecho propio, pues fue uno de los primeros edificios de la época moderna en ser construido con hormigón. Pese a su tamaño y el reparto de los objetos hallados que se realizaba hasta 1922 entre el arqueólogo y Egipto (divididos en partes iguales, eligiendo primero las autoridades egipcias, quien además podían quedarse con cualquier objeto excepcional), sus amplias salas y almacenes fueron llenándose con rapidez. Hasta tal punto que, si bien teóricamente las salas de la planta baja están ordenadas de forma cronológica y las de la planta superior dedicadas a aspectos concretos de la cultura faraónica, el museo se ha ido convirtiendo poco a poco, por desidia, falta de medios y de espacio, en un gran batiburrillo. Los objetos aparecen expuestos, por lo general sin referencias, carteles explicativos o números de registro, en vitrinas centenarias donde el polvo penetra con facilidad. Circunstancia que se repite para peor en sus almacenes, un mero amasijo de objetos apenas ordenados y pésimamente conservados. Esta circunstancia es la que permite que, de vez en cuando, osados ratones de biblioteca realicen en él descubrimientos relevantes.

Hace unos años se trató de Someya Abdel Someia, una conservadora del museo que fue capaz de encontrar la extraviada momia de Hatshepsut en un almacén del tercer piso. Su diligencia salvó de un gran bochorno al entonces mandamás de las antigüedades egipcias, el ínclito Zahi Hawass, quien por entonces la andaba buscando desesperado para realizar uno de sus grandiosos «descubrimientos» mediáticos, de esos en los que se apropia del trabajo de otros. (La identificación de esa momia con la de la reina la había realizado en 1966 Elizabeth Thomas, pero Hawass la negó vehementemente en el 2006, sólo un año antes de volcarse en su «hallazgo», porque era «fea, gorda y con las tetas grandes», por lo cual, según su docta opinión, ¡no podía ser una reina egipcia.)

No es el único ejemplo, pues hace pocas fechas, se ha vuelto a producir un hallazgo de relieve en sus penumbrosos almacenes, nada menos que la única estatua conocida de los gemelos que Cleopatra tuvo con Marco Antonio: Cleopatra Selene II y Alejandro Helios. El hallazgo fue realizado por la italiana Giuseppina Capriotti, quien consiguió identificar la anónima estatua, extraviada por las salas de la centenaria institución desde que penetrara en él en 1918, procedente de algún lugar próximo al templo de Hathor en Dendera.

Con todo, la ausencia de control de ese agujero negro de objetos faraónicos que puede resultar a veces el Museo Egipcio de El Cairo también puede causar grandes problemas a los egiptólogos. Es lo que le sucedió a Zakaria Goneim, el descubridor en 1952 de la pirámide de Sekhemkhet, situada junto a la Escalonada de Saqqara. El hallazgo le trajo fama internacional, lo que le acarreó los celos de distintos personajes de la época (recordemos que Egipto acababa de deshacerse de la monarquía gracias a la rebelión de los oficiales libres), que lo acusaron de dedicarse al tráfico de antigüedades. La prueba del supuesto delito serían diversos objetos de una de sus antiguas excavaciones en Saqqara, que habrían desaparecido sin dejar rastro. Tratado como un delincuente por la policía, que lo interrogó concienzudamente, con el paso de los meses la presión fue tal que, desesperado, una noche se suicidó arrojándose al Nilo… sin saber que justo en ese instante su amigo Jean-Philippe Lauer lo estaba buscando para comunicarle que había encontrado los objetos en cuestión. ¿Dónde?, pues donde sólo podían estar, «extraviados» en el museo. ¿Desidia o mala intención, quién sabe?

No obstante, en el ánimo de las autoridades egipcias está que el museo se convierta en lo que siempre debió ser: un centro de protección y estudio del inmenso patrimonio faraónico que conserva. De ahí que haya iniciativas como una base de datos on-line o construcción de nuevo Museo de la Civilización Egipcia junto a las pirámides de Guiza que esperemos no queden paralizadas con la turbulencia social que desde hace un año lleva sacudiendo al país.

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Un rey que aparece y otro que desaparece

24 marzo 2012

Hace algunas semanas comentaba que se había encontrado en Karnak el nombre de un nuevo faraón, conocido hasta entonces por apenas un par de menciones de su nombre de coronación muy posteriores a su reinado: en lista real de la capilla de los antepasados del Ahmenu de Tutmosis III en Karnak, en la lista de ofrendas de Qenherkheprechef (en el Museo de Marsella) y en la tumba de Khabekhenet en Deir al-Medina. Pues, bien, como Sébastien Biston-Moulin acaba de publicar el estudio científico de la epigrafía del hallazgo en la revista on-line Égypte Nilotique et Méditerranéenne, hoy por fin sabemos cómo se llamaba realmente este rey esquivo.

La inscripción del dintel del granero dice: «El Horus Mery-Maat, el rey del Alto y el Bajo Egipto Senakht-en-Ra, el hijo de Ra Ahmose, ha hecho como monumento para su padre Amón-Ra, el acto de realizar para él una puerta de granero en bella piedra blanca de Anu, ¡ha actuado dotado de vida como Ra eternamente!». De modo que nos encontramos ante un monumento erigido por Senakhtenra Ahmose, al que los egiptólogos llamaban en sus reconstrucciones de la oscura genealogía de la XVII dinastía bien Senakhtenra Siamón, bien Senakhtenra Taa I: «Siamón» porque en una tumba de Dra Abu al-Naga parecieron dos sellos, el primero con el nombre Seqenenra y el segundo con el nombre hijo de Ra Siamon y ambos nombres se consideraron pertenecientes al mismo personaje, lo que no tiene ninguna base; «Taa» porque el Papiro Abot cita la tumba de un rey llamado Seqenenra Taa y la de otro llamado Seqenenra Taa aa y los consideraron que el escriba había cometido un error. Gracias al dintel recién descubierto, hoy sabemos que el nombre de las listas reales es en realidad Senakhtenra Ahmose.

Atendiendo a la información conocida hasta ahora sobre la dinastía XVII, Sébastien Biston-Moulin sugiere que Senakhtenra podría ser el marido de Teti-Cheri y el padre de Seqenenra y, por tanto, abuelo de Ahmose, el primer soberano de la XVIII dinastía, al que quizá convendría comenzar a llamar Ahmose II.

El dintel es un ejemplo llamativo de cómo va avanzando la Historia Antigua, pues un texto de apenas unas líneas ha permitido aclarar algunas incógnitas de un período poco conocido, a la vez que genera otras y abre otras vías de investigación. Dado que muchos de ellos aparecieron con elementos de la XVII dinastía, ahora convendría estudiar de nuevo todos los monumentos atribuidos hasta el momento a Ahmose II; pues cabe la posibilidad de que alguno de ellos pertenezca en realidad al que probablemente fuera su abuelo y recién llegado a la genealogía de la familia real tebana de la XVII dinastía: Senakhtenra Ahmose.

Un nuevo faraón de la XVII dinastía

5 marzo 2012

Si hace poco hablaba de todo lo que queda por descubrir arqueológicamente en el valle del Nilo referido a la civilización faraónica, una noticia reciente no hace sino confirmar lo dicho. Durante la excavación del templo de Ptah (situado en la zona norte del templo de Karnak) que están llevando a cabo los miembros del Centre Franco-Égyptien d’Étude des Temples de Karnak (Centro Franco-Egipcio para el Estudio de los Templos de Karnak) se acaba de desenterrar el dintel y uno de los quicios de caliza de una puerta de granero, dedicada a Amón-Ra durante la XVII dinastía. Si bien el hallazgo sirve para confirmar la importancia que el culto a esta divinidad tenía ya a finales del Segundo Período Intermedio para los gobernantes tebanos, lo realmente interesante del mismo es que la puerta fue dedicada por un monarca conocido hasta ahora sólo por tres menciones en documentos de la XVIII y la XIX dinastías. Se trata de Senakht-en-Ra y es el primer monumento contemporáneo suyo que se encuentra, lo cual lo convierte al fin en un personaje con existencia real y no ficticia, como se pensaba hasta ahora que era. Sobre todo porque no se trata sólo de una mención de su nombre, sino que la puerta contiene tres de los cinco elementos de su titulatura real: el nombre de Horus, el del rey del Alto y el Bajo Egipto y el de Hijo de Ra. Con estos datos, sí que podemos decir que se trata de un rey que existió de verdad.

El Segundo Período Intermedio es un batiburrillo al que muy lentamente se va poniendo orden, de modo que incluir en él un nuevo faraón permite ir completando el rompecabezas y no desbarata en demasía las listas de los mismos ya compiladas. Como se desconoce exactamente cuánto duró este período en el que primero la XIII dinastía, y luego los hyksos y los tebanos compartieron el poder en Egipto, añadir un nuevo faraón no es un gran problema. Algo más podría suponer introducir uno en una sucesión dinástica que se supone bien establecida, pero por fortuna se trata de algo que sucede de vez en cuando y convierte a la egiptología en una ciencia viva. Por ejemplo, en 1951, cuando se descubrió pirámide de Sekhemkhet, hubo que incluir a éste entre los soberanos de la III dinastía. Lo mismo sucedió en 1995, cuando Michel Baud y Vassili Dobrev consiguieron traducir los anales de la VI dinastía (reutilizados como tapa de sarcófago de la reina Ankhesenpepi) y sumar a la lista de sus reyes a un tal Userkare, del que poco y nada se conoce. Por otra parte, dadas las características del sistema cronológico egipcio, que comienza desde el año uno con cada nuevo faraón, basta con encontrar una referencia a un nuevo año de reinado para tener que desplazar todos los demás. Es lo que sucedió en el 2002, cuando en el desierto occidental se descubrió una inscripción que mencionaba «el año posterior al décimo tercer recuento del ganado» de Khufu. De repente su reinado, que se daba por supuesto había durado veintitrés años, pasaba a tener una duración de veintisiete. La noticia, si bien muy interesante para los egiptólogos, no lo fue tanto para los amantes de hacer números utilizando la Gran Pirámide como excusa, pues desbarató por completo sus cálculos teóricos (los míos incluidos, que en su día publiqué un artículo sobre la cuestión) respecto al número de bloques colocados por minuto durante el reinado de Khufu.

Como vemos, la cronología egipcia es para el investigador como una pequeña pesadilla que de vez en cuando se despereza y aprovecha para darle un susto; lo bueno es que el susto lo provoca algo que siempre contribuye a ampliar nuestro conocimiento y a fomentar el debate y nada hay mejor que eso para evitar el anquilosamiento intelectual.

Djehuty 2012

23 febrero 2012

Otro año más (¡y ya van once!) los chicos del Proyecto Djehuty acaban de regresar de sus seis semanas de intenso trabajo en la ladera de Dra Abu el-Naga, justo frente a la bifurcación donde los autobuses giran a la izquierda y enfilan caminito del templo de Hatshepsut. Si en vez de subir a visitar el templo de terrazas uno se para en la tienda de recuerdos Aída for Alabaster podrá ver a la derecha las vallas que delimitan la concesión del equipo español, que este año tiene un nuevo patrocinador, Unión Fenosa Gas.

Esta campaña 2012 se esperaba que fuera algo más tranquila, habida cuenta de que ya se había terminado de excavar por completo la tumba de Djehuty y sólo quedaban unas jornadas de trabajo y el pozo de Hery para hacer lo propio con ésta. (Recordemos que el objetivo del proyecto es excavar, restaurar y hacer accesibles al público las tumbas TT11 [Djehuty] y TT12 [Hery], con la anónima -399- situada entre ambas, a las que luego se sumó la tumba de Baki, hallada a continuación de la de Hery.) Sin embargo, el mudir propone (es decir, el director dela excavación, José Manuel Galán, del CSIC) y la arqueología dispone, porque si bien no se han producido el tipo de hallazgos que suelen ocupar las portadas de los periódicos (aún así, el 22 de febrero se publicó en El Mundo un estupendo reportaje sobre la excavación firmado por Rosa Tristán y el sábado 25 de febrero Informe Semanal hará lo propio en la televisión nacional a partir de las 21.30), sí que son hallazgos históricamente relevantes.

El primero de todos es que la tumba de Hery tenía en realidad dos pozos funerarios, como se hizo evidente al terminar de excavar su relleno. Por otra parte, en la conexión entre la tumba de Baki y la tumba de Hery apareció un pasillo que penetra en la tierra por debajo de ellas y se suma a las catacumbas de momias de ibis que parecen horadar toda esta parte de la colina. Pero aquí no quedó la cosa, pues mientras se excavaba Baki se produjo uno de los más interesantes descubrimientos de los últimos años: ¡una tumba nueva! Así es, lo que en principio parecía una tumba ampliada en épocas posteriores, terminaron siendo dos hipogeos a los cuales se les había quitado el muro de separación (quizá en época romana), convirtiéndolos en una inmensa caverna. De modo que, hacia el norte, pared con pared con la de Baki, se encontraba la tumba de Ay.

No es que Ay fuera alguien desconocido, porque el equipo Djehuty llevaba encontrando sus particulares conos funerarios (son cuadrangulares y no redondos) desde casi la primera campaña, aunque sin saber exactamente dónde ubicarlo topográficamente. Pues ahí lo tenían, como demuestran no sólo las decenas y decenas de conos funerarios encontrados frente a la entrada de su tumba, desescombrada también en esta campaña, sino ¡el hallazgo de un fragmento in situ de una de sus estelas autobiográficas! Son apenas diez líneas de texto que nos hablan del modélico comportamiento del que hizo gala durante su vida este «supervisor del ganado», pero no todos los días es posible añadir un texto nuevo a la amplia biblioteca faraónica.

Sólo con lo anterior, la campaña ya habría sido un éxito, porque mientras todo eso sucedía además los restauradores iban limpiando centímetro a centímetro el barro que cubre los preciosos relieves de Djehuty y reponiendo en su sitio los fragmentos encontrados desperdigados por el yacimiento; mas no acabaron aquí las sorpresas, porque en el sector 10 (situado al sur de la tumba de Djehuty, en el que era el camino que subía al poblado que hasta hace unos años rodeada la concesión), lo que la campaña anterior parecía ser un pequeño depósito de cerámica, ha terminado por ser un depósito gigantesco, compuesto por varios centenares de vasijas. Ah, y eso sin contar con los restos de una pequeña capilla de ofrendas situada justo al lado, de modo que es probable que se trate de una zona donde antaño se realizaban ofrendas. El año que viene se verá, porque se trata ya de niveles de la XVIII dinastía (la fecha de las tumbas que excava el Proyecto Djehuty).

Quedan diez meses para procesar toda la información recopilada en esta campaña y regresar en busca de más datos que ayuden a desentrañar la historia que esconde esta parte de la necrópolis tebana. ¡Trabajo no va les va a faltar, eso desde luego!

¿Mucho por excavar?

24 enero 2012

Es una pregunta que los periodistas suelen hacer con regularidad cuando te entrevistan: «¿Después de casi doscientos años de excavaciones arqueológicas, qué puede quedar enterrado todavía en Egipto? A este paso los egiptólogos se van a quedar sin trabajo.» Y a primera vista no les falta razón. Parece difícil que todavía quede por descubrir alguna pirámide, o que un templo del tamaño del de Luxor haya pasado inadvertido a los ávidos ojos de arqueólogos y buscadores de tesoros.¿Nos encontramos entonces ante el final de la egiptología? ¿Los expertos habrán de dedicarse en un futuro próximo a reestudiar los restos y documentos ya conocidos? ¡Ni muchos menos! La respuesta que solemos dar, basada nada más que el «ojo experto» del especialista es que hasta el momento se habrá excavado aproximadamente el 30 por ciento del total de restos faraónicos enterrados por el paso del tiempo.

Sólo en cuerpos humanos momificados, bien deliberadamente, bien tras su embalsamamiento, el número de cuerpos ocultos por la arena es inimaginable ¡millones y más millones de personas que habitaron a orillas del Nilo desde el 3100 a. C.! Y eso a pesar de todos los que se han recuperado ya para terminar siendo utilizados como medicina en la Edad Media, quemados como combustible en las calderas de los ferrocarriles egipcios (a decir de Mark Twain) o abonando algunos campos europeos. Lo mismo pasa con los templos. Casi cada poblado tenía su santuario, cierto que ninguno del tamaño o relevancia de los de Menfis o Tebas; pero aún así, no dejaba de ser un lugar de culto cuya excavación reportaría innumerables datos sobre la piedad no «oficial» de los egipcios.

No hemos de olvidarnos tampoco de los lugares de habitación de la gente humilde, los tristes poblados faraónicos, que dada la escasa recompensa en cuanto a objetos «dignos de museo» que producen no han sido excavados casi nunca. Sobre todo porque en muchas ocasiones además están enterrados bajo los poblados actuales o bajo siglos y siglos de inundaciones del Nilo, de modo que aquí también hay mucho campo por explorar.

Por otra parte, los hallazgos «extraordinarios» se suceden con cierta regularidad, como no dejan de repetirnos los titulares de los periódiso. No todos tienen el calibre mediático de la tumba de Tutankhamón, pero alguno se acerca. Por poner un par de ejemplos piramidales, en 1952 se descubrió la pirámide de un faraón completamente desconocido justo al lado de la pirámide escalonada de Netjerkhet, en Saqqara. En 1996 otra pequeña pirámide subsidiaria nada menos que en Guiza, junto a la esquina sureste de la Gran Pirámide, un lugar que todo el mundo podría pensar está más que estudiado. Pues no, una estupenda cinta de hormigón asfáltico para facilitar el paso de los autobuses había mantenido oculto este pequeño tesoro de 20 metros de lado durante décadas. Y es que en Egipto, donde el polvo y la arena se acumulan con facilidad pasmosa, no basta con descubrir una cosa, hay que mantenerla a buen recaudo o visible, porque si no desaparece, como montones de mastabas estudiadas y visitadas a finales del siglo XIX y principios del XX cuyo emplazamiento concreto se ha perdido. ¿Dónde andará la Tumba 100 de Hieracómpolis?

Todo esto no hace sino demostrar que no se puede dejar de excavar hasta llegar a la roca madre, como se comprobó hace apenas unos días, cuando volvió a producirse un hallazgo semejante, por lo inesperado y la relevancia del lugar donde tuvo lugar: el Valle de los Reyes.

Convertido en un parque temático por la equivocada política de las autoridades egipcias, se trata de una zona que todavía no ha soltado todos sus secretos. Un equipo de la Universidad de Basilea tuvo la fortuna de comprobarñp cuando, al limpiar los accesos a la tumba de Tutmosis III, encontró un pozo funerario de la XVIII dinastía con una única cámara, donde sobre el enterramiento original (todavía por excavar) se encontró otro intacto datado en la XXII dinastía. El nuevo hallazgo ha recibido se ha convertido en el hipogeo KV64 y se suma a la KV63, descubierta hace unos años por Otto Shaden. Teniendo en cuenta que, tras el hallazgo de Carter y lord Carnarvon en 1922 , se creyó que el Valle estaba agotado arqueológicamente, no está nada mal saber que no es así. Todavía nos faltan las tumbas de varios faraones del Reino Nuevo por descubrir y a ello se afanan varios equipos arqueológicos. ¿Quién dijo que los egiptólogos se estaban quedando sin trabajo?

Pero ¿qué tendrán las bibliotecas?

10 enero 2012

No cabe duda de que el titular era llamativo: «Se quema el original de la Description de l’Égypte». Se había originado en El Cairo, donde durante las penúltimas algaradas pidiendo votaciones y el fin de la junta militar que gobierna el país, resultó quemada la sede del Institut d’Égypte, el centro de investigación creado en el siglo XVIII por Napoleón durante su invasión del país para el estudio científico del mismo. Las noticias, como siempre, eran confusas; pero en principio me resultaba extraño que los manuscritos del centenar de sabios que participaron en la obra estuvieran guardados allí; sobre todo tras lo que tuvieron que batallar con los británicos durante la rendición para poder llevarse a casa consigo sus notas y sus colecciones. Al poco la noticia se precisaba: se trataba «sólo» de una copia de la primera edición de la magna obra napoleónica, desaparecida junto con una cantidad ingente de obras impresas y manuscritas (algunas únicas) conservadas en la biblioteca de la vetusta institución. En realidad, lo importante (con serlo) no era la desaparición de este libro, sino el hecho que lo había provocado: el incendio de la biblioteca que lo cobijaba.

No cabe duda, algo tienen las revoluciones, sean del tipo que sean, que parecen incrementar de forma espontánea la temperatura del papel impreso y encuadernado hasta esos literarios 451° Fahrenheit. Es como si, temiendo su futuro, libros y documentos de todo tipo decidieran suicidarse antes que caer en malas manos. El problema es que esa inmolación nunca parece voluntaria, siempre hay algún alma caritativa que decide darle un pequeño empujón. Ya se trate de César y los papiros de Alejandría, Almanzor y los rollos de Al Hakem II o de Goebels y los textos de autores hebreos, parece que todos los futuros gobernantes prefieren empezar de cero, borrando la memoria colectiva para escribir sobre ella su particular y favorable versión de los hechos.

¿Quién incendió el Institut d’Égypte? ¿A quién puede interesarle la desaparición de una biblioteca tan rica, de un legado que comunica el pasado egipcio con la Europa de la Ilustración? Se supone que la egipcia es una revolución que exige democracia y libertad, pero ¿alguien se lo cree del todo? Sin duda es lo que reclama una minoría educada, pero cuando el año pasado empezó todo (y yo viví su primera semana desde Luxor), la mayoría sólo exigían la bajada de los precios de los productos básicos y un nuevo «mudir» que condujera al país por el buen camino ayudado por el ejército. El problema es que, en el empobrecido Egipto, la asistencia social la proporcionan casi siempre los Hermanos Musulmanes, un grupo político cuya intención es instaurar en el país un estado islámico gobernado por la Sharia. Esa misma Sharia que pide la pena de muerte (u ochenta latigazos) para una joven bloguera egipcia Aliya Magda al Mahdy, que decidió protestar contra la situación de las mujeres publicando su foto desnuda en internet.

Desnudez pública, igual a muerte pública por atentar contra la moral «islámica». Ante una lógica como esta ¿qué problema existe en quemar unos cuantos cientos de miles de libros y documentos que demuestran la existencia de un pensamiento alternativo y laico? El Institut d’Égypte no se encuentra precisamente cerca de la plaza de Tahrir, donde tienen lugar las concentraciones; de modo que el incendio dista mucho de ser un hecho «espontáneo», más bien resuena como un anticipo de lo que le cabe esperar al pobre Egipto como triunfe la revolución que quieren algunos. Desgraciadamente, los jóvenes que reían y bailaban frente a la fachada del edificio mientras las llamas lamían sus ventanas y el humo señalaba en el cielo la triste noticia no se daban cuenta de que estaban quemando parte de su futuro, tanto como de su pasado. Sin libros: pensamiento único. ¡El sueño de todo político!, y más si es teocrático.

Debate piramidológico

16 diciembre 2011

El otro día estuve en la tele grabando un debate sobre pirámides (sí, en “IV Milenio”), de un lado Nacho Ares y yo como representantes de la ortodoxia; del otro, Enrique de Vicente y Manuel delgado, como heterodoxos convencidos. Todos nos apreciamos y nos conocemos desde hace tiempo, así que tuvo lugar entre amigos, como otra más de las muchas acaloradas conversaciones que hemos mantenido tomando un café o en la redacción de la revista.

Antes de empezar, Nacho y yo comentamos cómo pensábamos que se iba a desarrollar el debate y qué saldría a la palestra como misterios insondables de la piramidología y, la verdad, no nos equivocamos ni un poco. El famoso taladro de Guiza, la maravillosa precisión de la orientación de la Gran Pirámide, la ausencia de momias en las pirámides, el origen «misterioso» de la civilización egipcia, el número Pi en la pirámide de Khufu… Desgraciadamente, tal cual se desarrolló el debate, fue imposible responder a ninguna de esas cuestiones en profundidad para demostrarles lo erróneo de sus fantasías ¡no nos dejaron! Cada vez que lo intentábamos, salían con otra pregunta, que se iba acumulando a las anteriores. Recuerdo que al menos en dos o tres ocasiones intenté responder a eso de «¿Para qué sirve una pirámide?», sin ningún éxito. Pero, cómo intentar convencerlos de nada, si una de las primeras cosas que dijeron fue que la Gran Pirámide ha de entenderse como un monumento único, que las otras 21 pirámides reales del Reino Antiguo no sirven en absoluto para explicarla… ¡Sin comentarios!

De modo que aprovecharé ahora para dar unas mínimas explicaciones a esas preguntas que quedaron sin responder.

¿Para qué sirven las pirámides?, pues para enterrar a los faraones egipcios del Reino Antiguo, conseguir que su espíritu llegue al otro mundo para renacer en él y reunirse con los demás dioses, además de para mantener su culto funerarios para la eternidad; eso sin contar con que su construcción era el mecanismo que mantenía viva la economía del valle del Nilo, sobre todo durante la IV dinastía.

¿Por qué nunca se han encontrado momias en las pirámides? Esta es, sin duda la más falaz de las afirmaciones de los amantes de lo misterioso. Aquí va una lista de cuerpos: en la pirámide de Djoser los restos de una princesa de la II dinastía; en la pirámide Roja, una momia que seguramente sea la de Esnefru; en la pirámide subsidiaria de Djedefre, los restos de la que parece fue su reina principal; en la pirámide de Neferefre, restos de la momia de este faraón, hallada en 1997 con la más escrupulosa de las técnicas arqueológicas y una estratigrafía precisa; en la pirámide de Djedkare Izezi, la de su dueño, identificado gracias a estudios osteológicos y serológicos en los cuerpos de dos de sus hijas, enterradas en dos mastabas de Abusir; en la de Pepi I, uno de sus vasos canopos con sus vísceras momificadas; en la pirámide de Amenhat III en Dashur, los restos de la reina Aat y los de una reina anónima…

¿El número Pi en la Gran Pirámide? Pues sí, ahí esta. Resulta imposible negarlo, si se divide el perímetro de su base por el doble de su altura sale 3,14. Lo malo es que ahí se queda la cifra, porque de eso se trata, de un número y no una constante matemática con un número infinito de decimales que no se repiten nunca. Como demuestran los papiros matemáticos, los egipcios no utilizaban Pi para hallar superficies de circunferencias, porque ¡no lo conocían! Además, ese 3,14 aparece también en las pirámides de Meidum, Djedefre, Menkaure, Sahure y Niuserre, es decir, en todas las que se construyeron con un seked de 5 1/2 palmos. ¡Vaya!, ¿no habíamos quedado en que la Gran Pirámide era única? ¡Cómo se atreve a aparecer ese 3,14 en otros pirámides! (Por cierto, el seked es el triángulo rectángulo que utilizaban los egipcios para mantener constante la inclinación de sus pirámides; en este triángulo, uno de sus catetos mide siempre un codo y el otro varía, de ahí las distintas inclinaciones que vemos en las pirámides.)

En cuanto al archiconocido taladro, bueno, se limitaron a negar y a no creerse los estudios realizados y publicados por Denys Stocks sobre la cuestión, que demuestran que el taladro es perfectamente factible realizarlo con un tubo hueco de cobre girado con un arco de cuerda y con arena en el fondo como abrasivo. Simplemente, no se quisieron creer sus resultados, los negaron. Así resulta sencillo que las cosas sean “misteriosas”

Y como estas, otras muchas preguntas que se quedaron sin resolver… pero se trata de respuestas que espero presentar en un libro en un futuro próximo.

Un libro sobre el Punt

16 octubre 2011

A pesar de lo que la mente calenturienta de los genios del Ministerio de Cultura quieren hacer creer a la gente (con exposiciones en El Cairo y todo), lo cierto es que la egiptología española no tiene 120 años de vida. ¡Ya nos gustaría a nosotros! Eso supondría una tradición centenaria que se dejaría ver, al menos, en la existencia de una licenciatura en esa especialidad en los planes de estudios universitarios.

Lo cierto es que, por desgracia, los estudios de lo egipcio en España se remontan sólo a los años 90 del siglo pasado, que fue cuando comenzaron a defenderse tesis doctorales sobre la cuestión; incluida alguna en universidades extranjeras. Porque, seamos sinceros, la incursión de Eduardo Toda a finales del siglo XIX (a quien su amigo Maspero permitió excavar —bastante bien, por cierto— la tumba de Senedjem) o la participación española en la campaña de salvamento de Nubia (convertida en una necesidad política por el régimen franquista, que tras años de ostracismo internacional acaba de ser admitido de nuevo en la ONU y la UNESCO, y que también produjo unos resultados científicos destacados) no son sino momentos de nuestro errático devenir cultural que las autoridades correspondientes, políticas y universitarias (también ellas, centradas sobre todo en lo griego y lo romano), podrían haber aprovechado como puntos de partida para crear la egiptología científica en España y no quisieron.

Por fortuna, hoy día son varios los egiptólogos españoles de verdad —de esos que han realizado estudios reglados en la materia en universidades del extranjero, que en este país se llama así mismo egiptólogo cualquiera que haya leído cuatro libros sobre la cuestión— que desde entonces han pasado a ocupar puestos docentes y de investigación. (No sin oposición por parte de los miembros de la vieja escuela, todo sea dicho.) El resultado es que ahora sí podemos decir que la egiptología hispana es una realidad: existen egiptólogos profesionales que publican artículos en las mejores revistas de la especialidad: JEA, CdE, BIFAO, SAK, JNES… y también escriben libros. Libros que incluso encuentran esforzados editores que consideran que su contenido será un aporte valioso a la materia y los publican, como hiciera Ediciones Bellaterra hace unos años con el estupendo libro de Juan Carlos Moreno García sobre el Reino Antiguo. Algo que acaba de repetir al decidir hacer lo propio con la última obra de Andrés Diego, dedicada al problema del Punt.

Licenciado en Historia Antigua por la Universidad de Salamanca y en Egiptología por la de Pisa, fue en la primera donde Andrés Diego obtuvo su título de doctor, antes de pasarse dos años investigando en la Universidad de Oxford y regresar después para conseguir un puesto de científico titular en el CSIC. Con estos antecedentes no es de extrañar la calidad de su nueva obra, donde aborda la cuestión del Punt, no con la intención de fijar su referencia geográfica definitiva…. ¡el Punt está aquí!, sino estudiando la cuestión desde el punto de vista de las relaciones entre Egipto y el exterior: contactos, aculturación, economía, productos, significados…

Se trata de un libro de gran calado, y no sólo por las 600 páginas que ocupa, sino por la importante información que contiene. Partiendo de una estructura diacrónica que nos permite observar el desarrollo de las relaciones de Egipto con el Punt desde la época predinástica hasta el Reino Nuevo, el autor incorpora al texto recuadros donde analiza aspectos colaterales a su desarrollo general, pero importantes para el mismo y que por tanto merecen más atención que una mera nota a pie de página: los productos del Punt, las fortalezas nubias del Reino Medio, el significado de la expresión «el gran verde», textos literarios como El náufrago… son algunos. Todo ello acompañado, además, por una importante selección de imágenes cuidadosamente descritas e identificadas (planos, mapas, inscripciones, objetos…) que acompañan y completan el texto de la mejor de las maneras. Con ello consigue ofrecernos un sustancioso y detallado análisis de lo que significó el Punt para la civilización egipcia, que se convierte en una lectura imprescindible para los muchos aficionados a la egiptología en España.

http://www.ed-bellaterra.com/

Como el Cid, triunfar después de cesado… o casi

29 septiembre 2011

No cabe duda, a pesar de que ya no es superministro de bienes culturales, ni gran padrino de las antigüedades egipcias, Hawass sigue dando de qué hablar. Fiel a su deseo de completar un gran descubrimiento arqueológico de cada tipo, que si una pirámide, que si una tumba en el Valle de los Reyes…, en enero pasado, cuando todavía estaba al mando, se le antojó descubrir una estatua colosal de Amenhotep III, que es algo que siempre queda muy bien en el currículum. ¿Y cuál es mejor modo de encontrarla?, pues comenzar a excavar en el yacimiento donde más de ellas han aparecido en los último años. Que los derechos de excavación del terreno pertenezcan a otro egiptólogo no tiene por qué suponer ningún problema, sobre todo cuando uno es quien hace y reparte en estas cuestiones. Dicho y hecho, en los días en que se gestaba la revolución egipcia, allá por febrero, un equipo de trabajadores egipcios comenzó a hacer un agujero en lo que es la parte trasera de la concesión arqueológica del matrimonio formado por dos reputados egiptólogos, Rainer Stadelmann y Hourig Sourouzian. (El primero alemán, armenia la segunda.) Desde hace tiempo, su concienzudo trabajo en el templo de millones de años de Amenhotep III (ese cuyas puertas antaño protegían los colosos de Memnón) está deparando agradables sorpresas. Gracias a sus pacientes campañas, desde hace bastantes años ya, casi cada campaña realizan importantes descubrimientos en lo que se suponía era un campo arqueológico esquilmado, que si una lista de poblaciones sometidas por los egipcios en el pedestal de una estatua, que si nuevos colosos de piedra primos de los de Memnón, que si numerosas estatuas de Sekhmet… Todo ello a la par que van perfilando las trazas de las estructuras del desaparecido templo.

El trabajo de los alemanes es paciente y sigue una pauta científica. Comenzó estudiando y restaurando los colosos de Memnón y desde allí ha ido avanzando lentamente por el templo, del que sólo han estudiado la mitad, aproximadamente. La parte posterior del mismo esperaba paciente su turno hasta que el capricho de Hawass decidió que era terreno virgen adecuado para sus piquetas. Aprovechando la tesitura de que, como yo mando y se hace lo que yo quiero y, además, ¿qué te importa, si no estás excavando allí, no?, en febrero el hoy cesado ministro mandó a sus huestes a cavar, que no excavar, en el patio trasero de Hourousian y Stadelmann. Como todos sabían gracias al trabajo de los alemanes —sobre todo él, que cada año recibe un informe de las excavaciones—, lo normal era que allí aparecieran nuevos ejemplares de las muchas estatuas con las que estaba decorado el templo. (Una de ellas destaca hoy en otra ubicación: los bordes del lago sagrado de Karnak. Es el gigantesco escarabajo —el dios Khepri— al que los crédulos turistas dan siete vueltas en busca de felicidad, alentados por sus guasones guías.) Todo ello ante la incredulidad de las demás misiones arqueológicas, que por entonces comenzábamos a buscar modos de abandonar el país.

No es la primera vez que el Servicio de Antigüedades se inmiscuye en el trabajo de los alemanes. Hace algunas campañas éstos se sorprendieron al ir a los almacenes oficiales y encontrarse que faltaban varias estatuas fragmentadas de Sekhmet. No las habían robado, peor todavía: las autoridades egipcias las habían considerado perfectas para ser expuestas en un nuevo museo que se estaba construyendo en el mar Rojo para solaz de los turistas. El único problema es que esa misma campaña los alemanes encontraron nuevos fragmentos de las estatuas, que ahora quedarán incompletas, y sin estudiar. Sin comentarios.

En cuanto a la excavación ilegal oficial, en pocas semanas demostró ser tan productiva como el cesado Hawass esperaba. El 26 de abril pasado se comunicó a la prensa la noticia de que el equipo egipcio había encontrado una estatua colosal de cuarcita de 13,65 m de altura que representaba al faraón Amenhotep III. Teniendo en cuenta que tiene apenas 4 m menos de altura que los colosos de Memnón, se trata de un descubrimiento notable; sobre todo porque en las cercanías seguramente aparecerán los restos de su compañera, pues este tipo de estatuas flanqueaban por parejas la entradas de los templos. Como postre, junto a los siete fragmentos del coloso aparecieron la parte superior de una estatua de Sekhmet y de otra del dios Thot. Y el pobre Hawass se sorprendía tanto en abril cuando un grupo de indignados lanzó objetos contra su coche oficial cuando salía del garaje de su despacho privado en El Cairo. ¡El mundo es tan injusto a veces! Veremos ahora cómo se las arregla su sucesor, Mohamed Abdel Maqsud, para lidiar con el mal ambiente y la deuda de 181 millones de dólares dejados por Hawass.

¿Por fin se ha ido?

15 agosto 2011

Finalmente ha sucedido, y parece que esta vez de forma definitiva. Hawass, el terror de los egiptólogos e imagen de las antigüedades egipcias para el gran público, ha perdido su puesto de ministro. Nombrado en el último minuto por Mubarak, al cabo de pocos meses dimitió (según él, por verse incapaz de terminar con los saqueos a los yacimientos y museos arqueológicos) en una inteligente jugada política para que no tuvieran más remedio que volver a nombrarlo y regresar como el gran salvador del patrimonio egipcio (como él mismo dijo, con el objetivo de terminar con los saqueos, vaya por donde). Sin embargo, los manifestantes de la plaza de Tahrir, antes de que la finalmente los desalojara por la fuerza, mostraron un especial interés en Hawass desapareciera de la escena política y fuera juzgado por sus poco claras maniobras durante su época de mandamás de la arqueología en Egipto. Ante tamaña presión (Hawass llegó a comunicar a algún medio que había sido objeto de un intento de agresión cuando salió en su coche de la sede del Servicio de Antigüedades) y aprovechando una brutal remodelación del gabinete que afectó a veinte ministros, Esam Sharif (primer ministro egipcio), cesó a la luminaria egiptológica egipcia el pasado 17 de julio. Su sustituto es Abdel Fatal al Banna.

Mientras tanto, el 1 de agosto aparecieron (y ya van…) dos nuevas piezas de las que se supone habían sido robadas durante el «saqueo» del museo en el mes de febrero. Se trata de la figurilla de una cama de arcilla y de un recipiente de madera. En un ejemplo clásico del desorden que reina en el Museo, al no encontrar las piezas en sus vitrinas respectivas, los responsables del mismo dieron por descontado que habían sido «robadas» durante la revolución… hasta que el inventario que se está llevando a cabo las ha encontrado de nuevo extraviadas en un almacén. Y aparecerán más, seguro.

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