ArqueologÃa de museos
Cuando en 1858 Mariette consiguió del virrey de Egipto la creación del Servicio de Antigüedades su intención era luchar contra el expolio de los monumentos del paÃs y fomentar el estudio de los mismos. Metido de lleno en la tarea, no tardó en serle evidente la necesidad de contar con una sede donde exponer y guardar los objetos excavados y rescatados. Lo consiguió pocos años después. El primer museo egipcio se inauguró en Bulaq en 1863, cuando para este menester se dispuso un edificio perteneciente a la Administration du Transit, cedido quizá porque tenÃa tendencia a quedar inundado con la llegada de la crecida anual. A pesar de que una de ellas, la de 1878 en concreto, fue tan grave que supuso la destrucción de diversos objetos, el museo no cambio su sede hasta que fÃsicamente fue imposible guardar en él más objetos, que esperaban pacientes en barcazas sobre el Nilo. Finalmente, en 1890 el khedibe Ismail cedió uno de sus palacios en Guiza para albergar las colecciones egipcias, las cuales no cesaban de incrementarse. Mientras tanto se abrió un concurso internacional para la construcción de una sede definitiva y espaciosa para el museo. De entre todos los presentados, el proyecto seleccionado como ganador fue el del arquitecto francés Marcel Dourgnon, que fue inaugurado en 1902.
La sede del Museo Egipcio de El Cairo es un edificio histórico por derecho propio, pues fue uno de los primeros edificios de la época moderna en ser construido con hormigón. Pese a su tamaño y el reparto de los objetos hallados que se realizaba hasta 1922 entre el arqueólogo y Egipto (divididos en partes iguales, eligiendo primero las autoridades egipcias, quien además podÃan quedarse con cualquier objeto excepcional), sus amplias salas y almacenes fueron llenándose con rapidez. Hasta tal punto que, si bien teóricamente las salas de la planta baja están ordenadas de forma cronológica y las de la planta superior dedicadas a aspectos concretos de la cultura faraónica, el museo se ha ido convirtiendo poco a poco, por desidia, falta de medios y de espacio, en un gran batiburrillo. Los objetos aparecen expuestos, por lo general sin referencias, carteles explicativos o números de registro, en vitrinas centenarias donde el polvo penetra con facilidad. Circunstancia que se repite para peor en sus almacenes, un mero amasijo de objetos apenas ordenados y pésimamente conservados. Esta circunstancia es la que permite que, de vez en cuando, osados ratones de biblioteca realicen en él descubrimientos relevantes.
Hace unos años se trató de Someya Abdel Someia, una conservadora del museo que fue capaz de encontrar la extraviada momia de Hatshepsut en un almacén del tercer piso. Su diligencia salvó de un gran bochorno al entonces mandamás de las antigüedades egipcias, el Ãnclito Zahi Hawass, quien por entonces la andaba buscando desesperado para realizar uno de sus grandiosos «descubrimientos» mediáticos, de esos en los que se apropia del trabajo de otros. (La identificación de esa momia con la de la reina la habÃa realizado en 1966 Elizabeth Thomas, pero Hawass la negó vehementemente en el 2006, sólo un año antes de volcarse en su «hallazgo», porque era «fea, gorda y con las tetas grandes», por lo cual, según su docta opinión, ¡no podÃa ser una reina egipcia.)
No es el único ejemplo, pues hace pocas fechas, se ha vuelto a producir un hallazgo de relieve en sus penumbrosos almacenes, nada menos que la única estatua conocida de los gemelos que Cleopatra tuvo con Marco Antonio: Cleopatra Selene II y Alejandro Helios. El hallazgo fue realizado por la italiana Giuseppina Capriotti, quien consiguió identificar la anónima estatua, extraviada por las salas de la centenaria institución desde que penetrara en él en 1918, procedente de algún lugar próximo al templo de Hathor en Dendera.
Con todo, la ausencia de control de ese agujero negro de objetos faraónicos que puede resultar a veces el Museo Egipcio de El Cairo también puede causar grandes problemas a los egiptólogos. Es lo que le sucedió a Zakaria Goneim, el descubridor en 1952 de la pirámide de Sekhemkhet, situada junto a la Escalonada de Saqqara. El hallazgo le trajo fama internacional, lo que le acarreó los celos de distintos personajes de la época (recordemos que Egipto acababa de deshacerse de la monarquÃa gracias a la rebelión de los oficiales libres), que lo acusaron de dedicarse al tráfico de antigüedades. La prueba del supuesto delito serÃan diversos objetos de una de sus antiguas excavaciones en Saqqara, que habrÃan desaparecido sin dejar rastro. Tratado como un delincuente por la policÃa, que lo interrogó concienzudamente, con el paso de los meses la presión fue tal que, desesperado, una noche se suicidó arrojándose al Nilo… sin saber que justo en ese instante su amigo Jean-Philippe Lauer lo estaba buscando para comunicarle que habÃa encontrado los objetos en cuestión. ¿Dónde?, pues donde sólo podÃan estar, «extraviados» en el museo. ¿Desidia o mala intención, quién sabe?
No obstante, en el ánimo de las autoridades egipcias está que el museo se convierta en lo que siempre debió ser: un centro de protección y estudio del inmenso patrimonio faraónico que conserva. De ahà que haya iniciativas como una base de datos on-line o construcción de nuevo Museo de la Civilización Egipcia junto a las pirámides de Guiza que esperemos no queden paralizadas con la turbulencia social que desde hace un año lleva sacudiendo al paÃs.
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